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El festín del poder: democracia y capitalismo caníbal en el Perú

La democracia suele presentarse como el sistema político que garantiza que el pueblo gobierne. Es una de las ideas más poderosas de la modernidad: la creencia de que los ciudadanos son los verdaderos dueños del poder y que las instituciones existen para expresar su voluntad colectiva. Sin embargo, pocas afirmaciones políticas son tan aceptadas y, al mismo tiempo, tan poco examinadas. El problema no es que la democracia sea una mentira absoluta, sino que se ha convertido en un mito: una narrativa que organiza la vida política y otorga legitimidad al sistema, incluso cuando la realidad contradice gran parte de sus promesas, como han señalado críticamente autores como Bobbio y Rancière en sus análisis sobre la democracia contemporánea (Bobbio, 1984; Rancière, 2006).

Elecciones y soberanía popular: una equivalencia cuestionable


En Perú, el mito democrático se sostiene sobre una premisa aparentemente sencilla: si existen elecciones libres, entonces existe gobierno del pueblo. Cada cierto tiempo, millones de ciudadanos son convocados a las urnas para elegir representantes, y ese acto es presentado como la máxima expresión de soberanía popular. Sin embargo, una pregunta elemental suele quedar fuera del debate: ¿elegir gobernantes equivale realmente a gobernar?

La respuesta parece evidente cuando se observa el funcionamiento concreto de la política peruana. Los ciudadanos pueden decidir quién ocupa determinados cargos públicos, pero tienen una capacidad muy limitada para decidir las cuestiones fundamentales que organizan la vida social. La distribución de la riqueza, las prioridades económicas, la estructura de la propiedad, el funcionamiento de los mercados o las grandes orientaciones del desarrollo nacional rara vez son objeto de una decisión democrática directa. La población participa en la selección de administradores, pero no necesariamente en la definición de las reglas del juego.


El mito consiste precisamente en ocultar esta diferencia.
El mito consiste precisamente en ocultar esta diferencia.

Poder constituyente y poder constituido


Aquí resulta útil la distinción de Pedro de Vega entre poder constituyente y poder constituido, en la que se establece que el primero expresa la voluntad originaria del pueblo mientras el segundo corresponde a las instituciones que organizan y limitan esa voluntad una vez convertida en orden jurídico (De Vega, 1985). Desde esta perspectiva, la democracia representativa no equivale al ejercicio directo del poder, sino a su institucionalización.

Esta diferencia es crucial porque revela una contradicción en el corazón del discurso democrático. Mientras se afirma que el poder reside en el pueblo, gran parte de las decisiones que afectan la vida cotidiana son tomadas en espacios que escapan al control ciudadano. La democracia promete soberanía popular, pero en la práctica suele ofrecer únicamente representación política. Y representación no es lo mismo que poder.

La ficción de la igualdad política La narrativa democrática dominante supone que todos los ciudadanos poseen la misma capacidad de influencia porque todos poseen un voto. Formalmente esto es cierto. Sin embargo, la igualdad jurídica convive con desigualdades materiales gigantescas, como han mostrado autores como Piketty, Stiglitz y Sen al analizar la relación entre desigualdad económica y desigualdad política efectiva (Piketty, 2014; Stiglitz, 2012; Sen, 1999). En una sociedad como la peruana, donde existen profundas diferencias de riqueza, educación, acceso a información y capacidad de organización, resulta difícil sostener una igualdad real de participación política.

Esto se expresa en la diferencia estructural entre actores sociales. Un empresario con acceso a medios de comunicación, financiamiento y redes de influencia posee una capacidad de incidencia incomparablemente superior a la de un trabajador informal o un agricultor rural. Ambos votan, pero no pesan igual dentro de la estructura real del poder. La democracia moderna afirma que todos son políticamente iguales; la realidad social demuestra que algunos tienen muchas más posibilidades que otros de convertir sus intereses en decisiones públicas, como han mostrado Dahl y Bourdieu al estudiar la distribución desigual del poder político y cultural (Dahl, 1989; Bourdieu, 1991).

La consecuencia es que el poder no desaparece; simplemente cambia de apariencia.
La consecuencia es que el poder no desaparece; simplemente cambia de apariencia.

La concentración del poder en democracia Por ello, la democracia peruana puede entenderse como un sistema que distribuye derechos políticos de manera relativamente universal mientras concentra la capacidad efectiva de influencia en sectores específicos de la sociedad: élites económicas, conglomerados empresariales, sistema financiero y grandes medios de comunicación. Esta concentración no necesariamente adopta formas ilegales o autoritarias. Opera a través de mecanismos compatibles con la democracia: financiamiento político, poder económico, acceso privilegiado a la información e influencia mediática, tal como lo han evidenciado estudios empíricos sobre desigualdad política en democracias contemporáneas (Gilens & Page, 2014). El poder invisible y la neutralidad aparente La democracia moderna ha logrado algo extraordinario: transformar las relaciones de poder en relaciones aparentemente neutrales. Lo que antes aparecía como dominación visible hoy suele presentarse como competencia electoral o funcionamiento de los mercados. El poder continúa existiendo, pero resulta más difícil identificarlo porque ya no se ejerce mediante coerción directa, sino mediante estructuras sociales y económicas que parecen naturales, en línea con los análisis de Foucault y Lukes sobre el poder invisible (Foucault, 1975; Lukes, 2005). Capitalismo y límites de la democracia En este punto resulta clave la reflexión de Nancy Fraser en Capitalismo caníbal, donde sostiene que el capitalismo contemporáneo no solo produce desigualdad económica, sino que debilita las condiciones que hacen posible la democracia al someter la política a la lógica de la acumulación. Esta crítica se complementa con Polanyi, quien ya advertía que el mercado desregulado tiende a erosionar los fundamentos sociales de la vida democrática (Fraser, 2022; Polanyi, 1944).

Desde esta perspectiva, el problema de la democracia peruana no radica únicamente en la corrupción o la ineficiencia estatal, sino en la subordinación estructural de la política a la economía. Esto puede observarse en la existencia de instituciones como el Banco Central de Reserva del Perú, la Superintendencia de Banca, Seguros y AFP y el Ministerio de Economía y Finanzas, que operan bajo lógicas de autonomía técnica que restringen la deliberación política directa sobre la economía.

Por ello, la verdadera crisis democrática no consiste en que los ciudadanos no puedan votar. Consiste en que cada vez existen menos aspectos de la vida social sobre los cuales el voto tiene capacidad real de decisión.



La crisis de representación y sus límites La paradoja es evidente. Nunca hubo tantos mecanismos formales de participación política y, sin embargo, amplios sectores de la población perciben que sus decisiones tienen escaso impacto sobre el rumbo del país. Esta sensación suele interpretarse como apatía o desinterés ciudadano, pero puede entenderse mejor como una percepción precisa de los límites estructurales de la democracia, como muestran estudios del IEP y Latinobarómetro sobre desconfianza institucional (IEP, 2026; Latinobarómetro, 2023).

El mito democrático sostiene que el pueblo gobierna. La experiencia cotidiana sugiere algo diferente: el pueblo participa, opina, protesta y vota, pero rara vez controla los procesos fundamentales que organizan la sociedad. Existe participación sin poder, representación sin control y ciudadanía sin soberanía plena.

La fuerza del mito radica en que convierte esta situación en algo normal. La distancia entre gobernantes y gobernados deja de percibirse como problema estructural y pasa a interpretarse como imperfección corregible dentro del sistema.

Así, la democracia se transforma en una promesa constantemente aplazada. Cuando no cumple sus objetivos, la solución propuesta consiste en más democracia procedimental: nuevas elecciones o reformas institucionales, sin cuestionar las bases materiales del sistema.


El caso peruano y la paradoja democrática El caso peruano muestra con claridad esta contradicción. Se trata de una democracia con libertades fundamentales y competencia electoral, pero atravesada por desigualdad estructural y concentración del poder.

Por ello, el principal desafío no consiste en defender o rechazar la democracia, sino en desmontar el mito que identifica elecciones con autogobierno popular. Como mostró Pedro de Vega, el poder constituyente se transforma en poder constituido dentro del orden constitucional, lo que limita la soberanía efectiva. El Tribunal Constitucional peruano, en el Expediente 014-2002-AI/TC, refuerza esta idea al reconocer límites materiales al poder de reforma constitucional. Conclusión: ¿Quién gobierna realmente? La pregunta fundamental no es si el Perú vive en democracia. La pregunta es si quienes habitan esa democracia poseen realmente el poder de decidir colectivamente sobre las condiciones de su existencia. El mito democrático responde que sí, pero la teoría crítica sugiere lo contrario. “Vox populi, vox dei”… o tal vez no. En la línea de Zagrebelsky, la democracia constitucional no puede reducirse a la voluntad absoluta del pueblo, sino que está sujeta a límites jurídicos que impiden su absolutización.

La realidad política peruana ofrece razones suficientes para dudarlo.

Una lucha que no hace más que comenzar
Una lucha que no hace más que comenzar

Sustento bibliográfico: Bobbio, N. (1984). El futuro de la democracia. Fondo de Cultura Económica.https://www.inep.org/images/2025/TXT/1986-Bobbio-Futuro.pdf

Bourdieu, P. (1991). Language and Symbolic Power. Harvard University Press.https://www.hup.harvard.edu/books/9780674510401

De Vega, P. (1985). La reforma constitucional y la problemática del poder constituyente. Tecnos.https://dialnet.unirioja.es/servlet/libro?codigo=49538

Dahl, R. A. (1989). Democracy and Its Critics. Yale University Press. https://yalebooks.yale.edu/book/9780300049381/democracy-and-its-critics/

Fraser, N. (2022). Cannibal Capitalism. Verso Books.https://www.versobooks.com/products/2776-cannibal-capitalism

Foucault, M. (1975). Vigilar y castigar. Siglo XXI Editores.https://sigloxxieditores.com.mx/libro/vigilar-y-castigar/

Gilens, M., & Page, B. I. (2014). Testing theories of American politics. Perspectives on Politics. https://doi.org/10.1017/S1537592714001595

IEP – Instituto de Estudios Peruanos. (2026). Informe de opinión pública. https://iep.org.pe/

Latinobarómetro. (2023). Informe Latinobarómetro 2023.https://www.latinobarometro.org/latinobarometro-2023

Polanyi, K. (1944). The Great Transformation.https://www.inctpped.org/spiderweb/pdf_4/Great_Transformation.pdf

Rancière, J. (2006). El odio a la democracia. La Fabrique.https://revistes.uab.cat/enrahonar/article/download/134/110

Stiglitz, J. E. (2012). The Price of Inequality. W. W. Norton. https://wwnorton.com/books/9780393345063

Tribunal Constitucional del Perú. (2002). Exp. N.º 014-2002-AI/TC.https://www.tc.gob.pe/jurisprudencia/2003/00014-2002-AI.html



 
 
 

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