Discriminación, hartazgo y el país que no queremos ver
- Marielena Paima

- 25 abr
- 4 Min. de lectura
Grietas en el país
Las elecciones generales 2026 en el Perú no solo están siendo desordenadas, tensas y poco claras; sino que, otra vez, está ocurriendo en un clima de incertidumbre que refleja un desgaste profundo del sistema político. La sensación de caos no es únicamente institucional, es también social. Hay desconfianza en las reglas, en los actores y en los resultados. Pero, sobre todo, hay una incapacidad creciente para sostener un debate público mínimamente respetuoso. El escenario electoral se ha llenado de ataques, desinformación y prejuicios. En ese sentido, las elecciones dejan de ser solo un mecanismo democrático y se convierten en un espacio donde se expresan, sin filtros, las fracturas más profundas del país: discursos de odio y discriminación.

No es opinión, es discriminación.
En este escenario, el caso de Cristorata, uno de los muchos ejemplos, no puede entenderse como un hecho aislado ni como un simple “error” en redes sociales. Sus comentarios racistas contra la población de la sierra, difundidos tras los resultados electorales y recogidos por Infobae, exponen con claridad una forma de pensar que sigue vigente en el país. No se trata solo de palabras ofensivas, sino de una lógica más profunda: la idea de que hay peruanos más legítimos que otros, más capaces de decidir, más “aptos” para ejercer ciudadanía.
Lo verdaderamente preocupante no es únicamente lo que dijo, sino por qué pudo decirlo con tanta naturalidad, y es un patrón que se repite en muchos peruanos. Ese tipo de discurso se sostiene en años de estigmatización de lo andino, en una jerarquización social que coloca a ciertos sectores por encima de otros y en una normalización del racismo que ya no debe seguir pasando desapercibida. Además, no estuvo solo: sus palabras circularon, fueron compartidas y, en muchos casos, abiertamente justificadas y respaldadas. Eso revela que el problema no es individual, sino colectivo.
Las disculpas posteriores no resuelven el asunto. Porque el racismo no desaparece cuando se reconoce un error, especialmente cuando ese error es la expresión de una estructura más amplia. El caso de Cristorata evidencia lo que muchos prefieren no ver, pero que sigue operando en la vida cotidiana. ¿Hasta cuándo compatriota peruano?
¿Ignorancia o cansancio acumulado?
Frente a este tipo de discursos, resulta urgente replantear cómo se interpreta el voto del sur. Reducirlo a ignorancia o manipulación no solo es incorrecto, es una forma de evadir la responsabilidad de entender el problema y opinar desde nuestros privilegios. Privilegios que no representan ni a la mitad del país. La gente no vota en el vacío: vota desde su experiencia, desde su historia, desde las condiciones en las que vive. Y en el caso de muchas regiones del sur, esa experiencia está marcada por el abandono, la exclusión y la falta de representación.
El apoyo a Sánchez debe leerse en ese contexto. No necesariamente como una adhesión ciega a un proyecto político, sino como la búsqueda de una alternativa frente a un sistema que históricamente los ha excluido. Para muchos, la figura de Sánchez representa cercanía, identificación y, sobre todo, la posibilidad de ser finalmente considerados. Sin embargo, qué pena que algunos candidatos utilicen un sombrero tan significativo culturalmente para figurar. En suma, incluso factores como el acceso desigual a información o a internet influyen en la forma en que se construyen estas decisiones, pero utilizarlos para deslegitimar el voto implica simplificar una realidad profundamente desigual.
Vivimos en un país centralista y exclusivo, donde el poder lamentablemente se concentra en Lima. Un país donde las diferencias sociales y territoriales se traducen en jerarquías, donde no todos son considerados igualmente válidos.
Este fenómeno no es nuevo. Ya se evidenció con Pedro Castillo, cuya elección fue interpretada desde el prejuicio antes que desde el análisis de las condiciones que la hicieron posible. En lugar de generar comprensión, se generó burla. Y esa misma reacción se repite hoy, demostrando que el país no ha aprendido.
Dos opciones, una sensación: resignación
A este escenario social se suma una oferta política que no genera confianza. El país vuelve a enfrentarse a una disyuntiva poco deseable: Keiko Fujimori o Sánchez, tomando en cuenta los resultados hasta ahora, porque la ONPE, desafortunadamente, aún no ha culminado con el proceso de conteo de los votos, 6 días después del inicio de la primera vuelta electoral. En el caso de Keiko, su presencia constante en segundas vueltas responde a un voto duro que la mantiene vigente. Sin embargo, ese mismo posicionamiento viene acompañado de un rechazo significativo, construido a partir de su trayectoria política, cuestionamientos por corrupción y el peso histórico del fujimorismo.
Por otro lado, Sánchez representa el descontento, pero no necesariamente desde una propuesta claramente articulada. Su crecimiento responde más a la necesidad de canalizar el malestar que a una evaluación detallada de sus capacidades o trayectoria cuestionable. En este contexto, el electorado no se enfrenta a una elección que entusiasme, sino a una que obliga. No se vota con convicción, se vota por descarte, el “mal menor”.
La elección que revela quiénes somos
Más allá de los nombres y de quién resulte ganador, estas elecciones reflejan un problema amplio: un sistema político que no logra representar, una ciudadanía que vota más desde el rechazo que desde la convicción y un país que sigue enfrentando sus diferencias sin resolverlas. La discriminación forma parte de ese escenario, pero no es el único síntoma; también lo son el desencanto, la polarización. Mientras el debate público continúe marcado por el desprecio y no por la comprensión, y mientras las decisiones electorales sigan reducidas al “mal menor”, el desafío no será solo elegir mejor, sino construir un país donde la política deje de ser un espacio desagradable.




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